Ese día era temprano por la mañana, las oficinas se
encuentran en el centro de la ciudad en un moderno edificio de varios pisos,
nos estacionamos tres calles atrás en donde se ubica el barrio antiguo, me
llamo la atención una finca urbana pintada de color crema resaltando en azul rey el vano de
la puerta, como queriendo sobresalir sobre las fincas grises a su lado, la única
ventana es de aluminio ese detalle me
parece que descompone por completo la imagen arquitectónica de la casa, la
ventana esta resguardada por una reja antigua y en donde antes había vidrio
ahora la cubren papeles y cartón, como guardando con celo las historias que se
han vivido allí.
Al observarla, he visto que le faltan pedazos de cemento en
la fachada, que seguramente el paso del tiempo, el clima o tal ves la falta de
mantenimiento la han dejado ese estado, esto me hizo reflexionar en el parecido
que podemos tener nosotros con nuestras casas y en que como ese día acudíamos al
chequeo de sobrevivencia ya más deteriorados, pero aun de pie y firmes en
nuestros cimientos.
También me hizo pensar que estamos hechos de un resistente y
buen material, cómo el de esa casa antigua, qué, aunque se ve algo dañada continúa
dándole guerra a la vida vertiendo el poco color que aún posee a ese lánguido entorno,
luchando por seguir vigente conservando en cada rincón su historia ya escrita, tratando
de que lo falta por escribirse no termine con ese apagado tono gris, porqué
tanto esa casa como nosotros nos debemos un final feliz en esta aventura de
guerreros valientes.
J. Eugenia Díaz M.





